3 dic. 2012

Viaje por América en biblioteca móvil

Durante tres años y dos meses recorrieron toda América Latina con su biblioteca infantil.
Martina Etcheverry y Juan Martín Mondini se definen como un par de locos soñadores. Se enamoraron dando clases, pero cada uno siempre quiso viajar por Latinoamérica “con una mirada de viajero y no de turista”.
Con esa idea en mente, esta pareja inició un viaje desde su natal Argentina hasta México, con una vieja furgoneta del año 82, en la que improvisaron una biblioteca infantil “andante”, para dar talleres de lectura en cada pueblito de la región por el que pasaron.
Él trabajaba como maestro de lengua y literatura, y ella como profesora de un colegio preescolar. Tuvieron que dejar todo para realizar sus “sueños” de viajar y cumplir con su vocación de docentes.
Ambos tenían 30 años cuando decidieron embarcarse en esa aventura que les duró tres años y dos meses, y en la que recorrieron más de 75,000 kilómetros.
Reunieron cerca de mil libros de texto y dinero durante dos años para formar el proyecto “Amérika en Kombi”, que contempló recorrer 21 países en la furgoneta que debió ser acondicionada para emprender su aventura.


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El punto de partida del viaje fue el simbólico Obelisco de Buenos Aires, donde los despidieron amigos, familiares y compañeros del club de “kombis”, que agrupa aficionados a los vehículos Volkswagen.
Un viernes 10 de abril de 2009 partieron desde Argentina hacia Uruguay, hasta pasar por Nicaragua, para luego llegar hasta México.
Después de ahí volvieron hacia Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay y Chile, hasta llegar a Ushuaia, llamada turísticamente “La Ciudad del Fin del Mundo”. Y luego volver a Argentina. Se resume fácil, pero no lo fue.
Viajaron en “La Clandestina”, como se llama su camioneta Volkswagen, pero a la que apodan cariñosamente “La Gorda”.
¿Por qué las K del proyecto? Juan Martín dice que se debe a que “kombi” es la abreviatura de Kombinationfahrzeug, que significa vehículo de uso combinado. Decidieron que América también llevaría esa misma letra en su proyecto.
“Elegimos la kombi porque representa un icono generacional, relacionado a la juventud y a la carretera en los años 70, cuando el movimiento hippie aterraba al mundo”, comenta Juan Martín.
También optaron por este vehículo porque sabían que tiene un motor resistente y les sería fácil encontrar repuestos si se les dañaba durante el viaje.

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El objetivo del viaje fue “redescubrir” América Latina y sus pueblos a través de sus niños y la organización de talleres de lectura en las distintas “escuelitas perdidas” que fueron encontrando.
Nunca contabilizaron los gastos del viaje, porque en los primeros seis meses de recorrido se gastaron todo lo que tenían ahorrado. “Nos despojamos de todo para lanzarnos al vacío sin que nadie nos cuente la realidad”, comenta Juan Martín.
Llevaban consigo camisetas con el logo del proyecto para venderlas y poder costear los gastos de viaje. Pero no fue suficiente. Tuvieron que empezar a trabajar en bares y en restaurantes, y a vender comida y artesanías en las playas para poder continuar.
Cuando Martina salió de Argentina recuerda haber confesado que junto a su novio no conocían la palabra miedo. “Sabíamos que le podía pasar algo a la kombi, pero que se podía arreglar. Sabíamos que podíamos no encontrar trabajos, pero también que existe gente solidaria”.

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En 1,155 días de viaje, que contabilizaron hasta el 10 de junio de este año, cuando volvieron al Obelisco de Buenos Aires, pasaron todos los aprietos que se imaginaron y muchos más. “La Gorda” se les dañó una decena de veces.
“Ustedes creerán que esta historia está plagada de felicidad, pero nada es tan incierto como tal afirmación” dice Juan Martín.
En su diario de viaje, los dos recuerdan cuando pasaron días “durmiendo en puestos de gasolina, atestados de mosquitos y sin una gota de viento”.
También cuando se les dañó la batería de la camioneta después de varios días de viaje en la ciudad de Punta del Este, Uruguay.
“¡Marrrrrrrr!” --gritó como loco Juan Martín mientras reparaban la furgoneta--, “¡vení, mirá lo que dice esta placa!”.
La placa traía grabado el nombre de un personaje de la literatura argentina que va conociendo en su viaje por todo el continente, magos, malabaristas, pescadores.
“¿Te das cuenta de que cuando creemos que estamos solos, aparece una señal? ¿No seremos nosotros algunos de esos personajes, que estamos metidos en una novela y lo que creemos que es nuestro viaje no es más que una historia ficticia?”, le comentó Juan Martín.
“¡Uyyyyy, vení, me parece que estás afiebrado.... ya estás alucinando nuevamente…! ¡Vamos, que nos está esperando La Clandestina!”, le respondió Martina.

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En Brasil fue el viaje más largo, porque “nunca terminábamos de recorrer la selva”. Saliendo de Salvador de Bahía tuvieron que recorrer horas hasta llegar a un pueblito llamado Ituberá, donde pagaron por primera vez un “hotel” barato.
“El cansancio a veces necesita de una verdadera cama para seguir manejando, y en esta situación ni lo pensamos”, cuenta Martina.
Un lujo que no se podían permitir siempre. Por lo mismo, la pequeña furgoneta fue preparada para resistir. Equipada con dos sillones que se convierten en una cama matrimonial, un pequeño horno, doble techo que permitía guardar los libros.
Pero también se encontraron con historias dolorosas, como la de Bruno, un joven de una ciudad brasileña llena de muchachos que andan en bici intentando “cazar turistas” para acompañarlos hasta los barcos y de esta forma ganar algún dinero.
Bruno es un joven que desde los cinco años vive en la calle, abandonado por su padre y con su madre en el manicomio, y que no pudo asistir nunca a la escuela.
“Tiene dos hermanitos más chiquitos que ahora tiene que cuidar. Está acostumbrado a una vida de adulto desde pequeño”, cuenta Juan Martín.
Atraído por la “kombi”, Bruno se les acercó para conocer su historia. Como llovía muy fuerte decidieron detenerse por esa noche para acampar.
“Nos llevó a recorrer la ciudad de punta a punta hasta su humilde casa, en una favela, con solo un cuarto y un colchón para los tres hermanitos”, agrega.
En la noche lo invitaron a cenar en “La Gorda”, y le leyeron algunos cuentos con los que quedó encantado, a pesar de que “ya estaba grande para esos textos”.

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Para Juan Martín, el viaje fue todo un aprendizaje. Muchas veces les preguntaron cuál había sido el lugar más bonito que conocieron, y la respuesta siempre fue la misma: “Lo más lindo de los lugares es la gente”.
“Muchas veces estuvimos en lugares que ni siquiera estaban marcados en los mapas, y de repente, nos encontrábamos atrapados (por su hospitalidad) ahí más de una semana, gracias a esa preciosa gente oculta en el anonimato”.
Recuerdan la alegría de los niños cuando les leyeron cuentos, el cariño de las familias que los recibieron en sus hogares, las reparaciones gratuitas a “La Gorda”, la ropa y la comida que les dieron.
Para Juan Martín, lo más emocionante fue comprobar esa solidaridad que esperaba su novia al salir de Buenos Aires. “El peor miedo es no tener sueños. Este es nuestro sueño, pero también fue de todos”, dice.

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